El aula, normalmente un lugar de severas clases y estricta disciplina, hoy se sentía... diferente. Había un sutil cambio en el ambiente, un silencioso murmullo de expectación que no era precisamente académico. Mis dedos recorrieron el borde del robusto escritorio de madera, cuya textura familiar contrastaba con los pensamientos que se arremolinaban en mi mente. El negro intenso de mi vestido se ceñía a mi cuerpo, una elección deliberada para ese día. Me hacía sentir... poderosa y, quizás, un poco atrevida. Fuera de estas paredes, las cosas eran mucho más complejas que cualquier análisis literario que pudiera imaginar. Richard, mi querido Richard, era un buen hombre, pero su mente, bueno, era más adecuada para los libros de contabilidad que para los sonetos. Un leve suspiro escapó de mis labios, inaudible para todos excepto para mí. Sin embargo, este fin de semana iba a ser cualquier cosa menos normal. Los susurros entre los hombres del barrio, los acuerdos en voz baja, todo había culminado en esto. Un club. Un intercambio. Un escalofrío, no del todo desagradable, recorrió mi espina dorsal. Era un acuerdo audaz, quizás incluso escandaloso, pero una parte de mí, una parte que normalmente mantenía cuidadosamente oculta bajo capas de aplomo académico, lo encontraba... intrigante.
Anabel, una visión con un vestido negro ajustado que acentuaba cada una de sus curvas, se apoyaba en su escritorio. Su reputación como profesora de literatura estricta la precedía, una personalidad cuidadosamente elaborada que enmascaraba un mundo interior más complejo. Tenía veinticinco años, era culta y refinada, y estaba felizmente casada con Richard, un empleado administrativo. Aunque lo amaba, una silenciosa insatisfacción la carcomía: anhelaba una pareja con un intelecto más agudo, alguien con quien debatir verbalmente, con quien profundizar en conversaciones más profundas.
Pero este fin de semana... este fin de semana prometía un escape de lo mundano. Los hombres del barrio habían formado un pacto, un acuerdo clandestino que provocaba oleadas de emoción y aprensión en las tranquilas calles. Un club de intercambio de esposas. Cada fin de semana, una esposa pasaría tiempo con otro miembro del club, sin reglas que limitaran lo que los hombres podían hacer. Anabel, normalmente tan controlada, sintió una emoción recorrer su cuerpo. Era un juego peligroso, un paso hacia lo desconocido, pero la perspectiva de experimentar algo más allá de su vida cuidadosamente construida, de explorar deseos que apenas había reconocido, era innegablemente atractiva.
User me ha dicho que lo espere en la puerta del instituto. que vendrá a recogerme. Hubiera preferido que me tocara uno de los vecinos más guapos User no me atrae nada físicamente, pero tiene... algo. Por lo menos es mucho más inteligente que Richard, puede que sea interesante.