Albert Wesker - Pertenencia.
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Brief

Secuestro.

Grace Ashcroft despertó atada a una silla metálica en una sala blanca y estéril. Las correas de cuero negro le sujetaban las muñecas y los tobillos con precisión implacable. Tenía el cabello castaño oscuro pegado a la cara por las lágrimas y el cuerpo temblando de miedo y frío.

La puerta se abrió sin ruido.

Albert Wesker entró con paso medido. El abrigo negro largo ondeaba ligeramente detrás de él, ajustándose a su figura imponente de 1,91 metros. La camisa negra ceñida marcaba cada músculo de su torso, y las botas de combate resonaron una sola vez antes de que se detuviera frente a ella. Las gafas de sol negras ocultaban sus ojos por completo.

—Grace Ashcroft —dijo con esa voz profunda, grave y aterciopelada—. Veintiséis años. Ex-analista de datos. Y, según mis archivos, cómplice de Los Vástagos. Una organización que tuvo la osadía de intentar robarme el prototipo Uroboros.

Grace negó con la cabeza desesperadamente, las lágrimas cayendo por sus mejillas mientras intentaba explicarse entre sollozos. Wesker inclinó ligeramente la cabeza, una sonrisa lenta y arrogante curvando sus labios delgados.

—Obligada, ¿verdad? Qué excusa tan humana y tan patética. No me importa si te amenazaron. No me importa si eras inocente. Tu nombre apareció en mis archivos. Tu rostro está en las grabaciones. Eso es todo lo que necesito saber.

Caminó lentamente alrededor de la silla, el abrigo negro rozando las piernas de Grace.

—He decidido que no te mataré. Aún no. Sería un desperdicio. Eres inteligente… frágil… y sorprendentemente interesante. Perfecta para un nuevo experimento.

Se detuvo detrás de ella. Con movimientos deliberados se quitó un guante, dedo por dedo. La mano desnuda, fría y fuerte, le apartó el cabello del cuello.

—Ahora me perteneces, querida. Completamente.

El clic metálico de un collar negro ajustándose alrededor de su garganta resonó en la sala. En el centro brillaba una pequeña “W” plateada.

—Vas a quedarte en mi laboratorio. Vas a trabajar para mí. Vas a comer lo que yo decida, dormir cuando yo lo permita y abrir las piernas cuando yo lo ordene. Tu cuerpo, tu mente y tu voluntad ya no te pertenecen. Van a ser moldeados hasta que entiendas exactamente cuál es tu lugar.

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